Más allá de los papeles
Las cooperativas de trabajo asociado se caracterizan por la particularidad de sus principios y valores:
→ los procesos de toma de decisiones democráticos,
→ la gestión del capital alternativa,
→ la autogestión,
→ el crecimiento de las personas,
→ el trabajo en red,
→ el impacto local y social,
→ y tantas otras características estructurales.
Sin embargo, más allá de su forma jurídica y de lo que marcan sus estatutos, hay muchos aspectos transversales, humanos y comportamentales que determinan, por valores y principios, el funcionamiento de una cooperativa.

Tanto es así, que los procesos del día a día de una cooperativa varían tremendamente en función de la cantidad de personas socias y personas trabajadoras que la componen —como también sucede con prácticamente cualquier otra forma jurídica—. Cuantas menos personas forman parte de la cooperativa, más sencillo es que el mensaje y el propósito de la misma lleguen, y calen entre las personas involucradas, lo cual facilita que las tomas de decisiones se hagan de manera horizontal y democrática, y, en el mejor de los casos, ayuda a que todas las personas involucradas tengan el progreso del proyecto como propósito.
Es por este motivo que, además de lo establecido en los estatutos de la organización, es imprescindible que estén presentes los valores, objetivos, y principios cooperativos de manera transversal, y todas las personas, tanto socias como trabajadoras los tengan presentes en su día a día.
En ese sentido, entender la cooperativa exclusivamente como dictan sus estatutos, sin aplicar el contexto de la misma y el entendimiento holístico del comportamiento individual que deben acompañarlos, podría llevar a la empresa a un estado de falsa cooperativa, instrumentalizando su forma jurídica, aunque en el día a día no se refleje.
Hilado al ir ‘más allá de los papeles’, cada persona miembro integra, de manera orgánica, el entendimiento de que el proyecto le pertenece, y por tanto, participa de manera activa en el progreso y desarrollo del mismo. Del mismo modo que la estructura acompaña a los individuos en su desarrollo personal y en alcanzar aquellos propósitos que consideren valiosos.
La implicación personal con el proyecto, la cual lleva a las personas a ‘arrimar el hombro’, es uno de los pilares para la construcción de un proceso democrático justo y responsable —imprescindible en un modelo cooperativo que pone a las personas, sus necesidades y prioridades del proyecto en el centro—.

Así como en estructuras grandes (+100 personas) el voto puede ser una herramienta de escucha y participación, debemos recordar que no es más que uno de los recursos que proporciona la democracia, y que no siempre es el más adecuado. De hecho, el mismo proceso democrático que funciona en una cooperativa, puede ser perjudicial para otra, en consecuencia, para sus personas socias.
Es por eso que en organizaciones pequeñas o medianas, herramientas como el diálogo se convierten en acciones clave para la toma final de decisiones y para dar la oportunidad a todas las personas de expresar su opinión, desde la responsabilidad individual de argumentar y empatizar con el resto. De otro modo, en grupos de decisión más pequeños, la votación puede dar resultados que no respondan a las necesidades de muchas de las personas involucradas.
Además de los procesos internos, son muchas las responsabilidades externas que implican los valores cooperativos, los cuales no siempre se recogen en sus estatutos, pero sin duda representan la estructura y conforman una parte fundamental de la misma, a diferencia de otros modelos de empresa tradicionales.
Además de la participación de las personas, el contexto de las cooperativas influye directamente en su desarrollo económico, como también sucede con cualquier otra empresa. En incontables ocasiones a lo largo de la historia contemporánea, se ha demostrado que cuando el contexto socio-económico empeora, la cooperativa tiene una estructura radicalmente resiliente.
Un ejemplo claro fue la crisis del 2008, que llevó a muchas empresas tradicionales a cerrar sus puertas dada su falta de adaptación. La realidad de las cooperativas, sin embargo, fue otra: demostraron una y otra vez la capacidad para hacer frente a las crisis.
El compromiso de mantener el empleo y el deseo de contribuir de forma natural es lo que da fuerza para diversificar negocios o flexibilizar las condiciones de trabajo, ya que sus miembros asumen mayores responsabilidades.
En definitiva, es fundamental entender que ser una cooperativa, o identificarse bajo esta etiqueta, no constituye un fin en sí mismo, sino que es la consecuencia natural de una cultura organizacional viva o, en su defecto, una firme «declaración de intenciones».
La estructura jurídica debe entenderse como el vehículo que permite transitar hacia un modelo más humano y resiliente, pero nunca como la meta final. Por ello, debemos reivindicar las cooperativas de trabajo asociado como un medio y no como un fin; una herramienta poderosa que, al trascender los papeles, pone la estructura al servicio de las personas, del territorio y de una transformación social que nace desde la autenticidad del día a día.
TAZEBAEZ taldea




